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Reunión
de Pastores |
| Publicado el 11 de marzo de 2000 en Informaciones Ronda |
| Reflexión
política
Después de una campaña tan “excitante” e “innovadora” como la que hemos padecido, parece que la reflexión llega por aburrimiento más que por imperativo legal. Se han profesionalizado tanto, que la falta de espontaneidad y la monotonía han hecho a sus discursos tan anodinos como para no tener materia de qué opinar, a no ser que te estrujes excesivamente el coco. Unido ésto a tener que cubrir un compromiso por amistad, a pesar de no tener fuerzas ni para abrir la boca, pasemos a glosar de nuevo viejos tópicos que nos saquen del apuro. Existe un adjetivo muy al uso en la terminología de las personas que se dedican y generalmente viven de lo público (y generalmente, bastante bien, por cierto), y que es una especie de epíteto o coletilla muy frecuente en sus discursos e intervenciones para que todo el mundo les oiga. Se trata del vocablo “político”, que desde siempre se ha venido usando para definir precisamente a esas personas que como digo se dedican a lo público con mejor o peor fortuna, así como a las actividades que realizan en el manejo de lo suyo, que, mira por dónde, es lo de todos. También sirve para aplicarlo a los parientes por afinidad, es decir, al suegro, la suegra, los yernos, las nueras y demás, que, aunque no lo parezca, tienen su gran parte de política, si bien en estos casos se trata de política familiar. Pues bien, si ponemos la radio o la tele o leemos un periódico, raro será no escuchar o leer a uno de estos señores de la cosa pública endosando el tal adjetivo a multitud de cosas, sobre todo a las cualidades humanas. Así por ejemplo, suelen hablar de “vergüenza política” o de “valentía política”, como si éstos y otros atributos del alma humana entraran en una categoría especial y aparte de lo común cuando se embarcan (a veces, embarran) en la peculiar aventura... política de los que practican tan noble arte. Como si no supiera todo el mundo que la vergüenza ni es política ni es torera. Simplemente, es o no es. Se puede ser valiente o cobarde, honrado o sinvergüenza, con o sin voluntad política de serlo. Incluso mencionan una verdad política, que políticamente se tergiversa. Luego está el zagalillo político mentiroso, al que de tanto mentar en vano al lobo, nadie le echa cuentas al final, aunque todos le escuchan... por si acaso. Una falsa promesa política fue, por ejemplo, la de aquellos ochocientos o mil puestos de trabajo que ofertaba una conocida opción política hace ya algunos años y algunas elecciones. Ellos no querían engañar, lo que pasa es que pronunciaban muy rápido, comiéndose una letra, de forma tal que sonaba como ochocientos mil, lo cual ha quedado como paradigma de mala pronunciación política. En estas estamos, cuando los candidatos actuales nos saturan de promesas políticas y de programas y demás, con una recurrencia y una machaconería que la verdad parecen la lluvia que tanto nos falta, pero de palabras, en lugar de densas y gratificantes gotas de agua sobre nuestro agostado, reseco y sediento panorama electoral. Evidentemente, no parece prudente insistir más en cualquier tipo de valoración, sino esperar con paciencia al día 13 de marzo, para entonces ponerse las pilas y encarar el nuevo período cuatrienal que por cierto se presenta más incierto y complicado que de costumbre, y que nos ofrece al menos la ilusión de que van a tomar las decisiones tanto tiempo postergadas y de que van a dar entrada a gente nueva que airee un poco el panorama. La ilusión política es lo último que se pierde |