| COLABORACIÓN
"REVISTA PUENTE NUEVO" © Centro Andaluz de Ronda © X Congreso sobre el Andalucismo Histórico |
CONCLUSIONES |

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LA OTRA CARA DE LA MONEDA
© Alfonso López Domínguez
Resulta ocioso e innecesario, a estas alturas, relatar cosas que no se hayan dicho ya o mencionar acontecimientos que no se hayan descrito con profusión en otros lugares y medios. Porque un determinado logro del hacer humano generalmente se ve en sus frutos y consecuencias, sin tener en cuenta, también de forma general, el largo y costoso proceso que lleva a la consecución de un buen fin. Bueno es entonces tornar a reflexión sobre los avatares y esfuerzos que en dilatada secuencia hacen que las obras se terminen y los objetivos se cumplan. Paradigmático a este respecto he de considerar un artículo de don Juan Rodríguez Ruiz, en el que relata amplia y pormenorizadamente los orígenes del homenaje a los toreros rondeños Niño de la Palma y Antonio Ordóñez, y que personalmente me sirvió de guión en la empresa que un buen día me encomendaron de organizar un Congreso en Ronda sobre el Andalucismo Histórico. Con la diferencia de que, en este caso, a falta de órgano colegiado, la tarea hubo de ser forzosamente unipersonal. Circunstancia tremendamente positiva por un lado, pues ha sido enorme el acervo adquirido en las decenas de entrevistas, reuniones, solicitudes, gestiones y demás quehaceres necesarios para preparar un evento de estas características. Pero, por otra parte, labor solitaria y desconocida, falta del contraste que no puede ofrecer una estricta auto valoración del trabajo realizado. Y es por ello que incido en el juicio de que sólo el esfuerzo continuado puede dar sus frutos. Labor improbus omnia vincit, que dice el adagio al uso. Existe en todo desarrollo humano un antes y un después, apenas puesto en evidencia por uno o varios puntos de inflexión, en los que todo se evidencia, de forma patente y fehaciente, pero que nada dicen de lo que ha costado llegar a esos hitos de explicitación. Pongamos los casos del deportista que en cuestión de minutos ha de jugarse el trabajo de años, cuando no de toda una vida. O el del actor que recita su papel ante el terrible público, que devora en una función las cualidades acumuladas en innúmeras horas de trabajo. O el del sufrido opositor, que en un sí y un no se la juega ante el sesudo tribunal al que tantos años de martirio no parecen impresionar en absoluto. Es la otra cara de la moneda, la que no se enseña al auditorio, la que se lleva guardada en un bolsillo de la conciencia y en las alforjas de la memoria personal, y que también produce un doble efecto en quien la porta. El primer impulso, de alejarse y olvidarse del asunto que tanto sudor y agotamiento ha supuesto, se ve rápidamente compensado por el consiguiente anhelo de proseguir en lo ya conseguido, de perseverar en la senda iniciada, de llegar hasta un final tan cierto y deseable como sea la medida de lo posible. En su reverso aparecen las efigies y semblantes de quienes fueron amables, y de los que atendieron a la amistad, y de los que sin serlo, pasaron a ser amigos. Pero también se muestran los desdibujados rostros de los que dan las palmaditas en el hombro, o de los que desconfían por sistema de todo lo que no sea de su interés. Aparecen también los buenos momentos, las charlas enriquecedoras, las anécdotas divertidas y los lugares cuando menos curiosos que han debido visitarse. Pero a su vez están los malentendidos, las salidas de tono y los infinitos derroches de paciencia ante situaciones un poquito absurdas. Cuánta razón constructiva e integradora se manifiesta en cualquier manifestación humana, cuando ésta se desarrolla por las sendas de la racionalidad y el decoro. Definitivamente, el mundo es de la gente pacífica y solidaria, no exenta de la necesaria firmeza que exigen situaciones concretas. Parece que está todo escrito, todo dicho y repasado, pero no hay peor engaño que ése. No tenemos andado ni el uno por ciento del camino que quizá nunca nos dé tiempo a terminar de recorrer. Máxime cuando determinados sectarismos nos ponen piedras y obstáculos para amenizar la ruta. Por tanto habría de perseverarse en el interés por estas cuestiones relativas a nuestros procesos conformadores como cuerpo social y como ente nacional, porque hay aún muchísimas preguntas por resolver, muchísimos temas cogidos con alfileres, interesantes teorías que no terminan de avanzar, líneas de investigación que no encuentran el apoyo y el empuje deseables, y verdades que se esbozan pero que parece haber cierto miedo o reparo a que se difundan. Este enriquecimiento cultural se nos hace tanto más necesario en cuanto los recientes, actuales y posiblemente futuros acontecimientos, tienden a disolvernos como pueblo en un magma eurófono en el que nos dedicaremos a cambiar estampitas mientras los vértices de las pirámides quedan cada vez más lejos. En las otras caras de la moneda que ahora nos imponen, se muestran muchos puentes y arcos. Pero nuestro ancestral, autóctono y milenario arco de herradura, aquel que sostuvo las buenas relaciones entre tantas gentes del viejo mundo, simplemente ya no existe. |
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