CONFERENCIA DE CLAUSURA del Secretario del X Congreso sobre el Andalucismo Histórico

CONCLUSIONES

 

RONDA, ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE

© Alfonso López Domínguez
A pesar del título de esta conferencia, se hace obvio e inevitable añadir en el curso de la misma un tercer e inevitable concepto, el futuro, que nos permita adquirir la noción completa u holocrítica de la realidad que pretendemos estudiar. Es como una mesa con dos patas, la cual necesariamente se cae si no es con el apoyo de, al menos, una tercera.
Este diálogo entre el pasado, lo acontecido, y el presente, lo que está sucediendo en nuestra contemporaneidad, no puede sino proyectarse en forma continua y constante hacia el devenir próximo o lejano, so pena de quedarnos mirando hacia atrás con el resultado que ya sabemos les acontece a los que andan de semejante manera.
La segunda cuestión previa es la que incide en la necesidad de concreción tanto espacial como temporal de los conceptos enunciados. Pasado, ¿desde cuándo? ¿desde la época turdetana, romana, medieval ? ¿desde que se fundó el ayuntamiento actual en 1485? ¿desde el terremoto de 1580? ¿desde que se inauguró la plaza de Toros? . Por cierto, que dos de los tres monumentos más emblemáticos de la ciudad tuvieron un comienzo o unos antecedentes inmediatos algo catastróficos. 
Dicho esto, el objeto de nuestro estudio es nada más y nada menos que promover la obtención del genoma histórico de nuestra ciudad, a fin de averiguar cuáles son las características comunes a cualquier otra comunidad de nuestra Andalucía, así como los diferenciadores y genuinos que nos hagan parecer un poquito peculiares y por ende merecedores de tan elevado número de visitas anuales.
Si entendemos la Historia como un continuum espacio temporal, llegamos a la conclusión de que cada uno de nosotros constituimos el resultado de innúmeras aportaciones culturales adquiridas en un proceso de enriquecimiento intelectual, personal y colectivo, a lo largo de nuestras vidas. Por tanto, aquellos que establecen, generalmente desde fuera, compartimentos temporales estancos para contarnos nuestro pasado, generalmente están realizando un ejercicio de comodidad didáctica que en nada favorece esta percepción global de lo que somos, contraria a la idea de que existe un rondeño de siempre, lo mismo que existe un andaluz de siempre.
Este rondeño o andaluz de siempre no se obtienen, evidentemente, mediante el desarrollo de ningún algoritmo complejo o más sencillamente, mediante la fórmula algebraica que suma y resta las distintas aportaciones culturales que hoy día nos conforman, incluso con la introducción de coeficientes correctores según los distintos factores, exógenos o endógenos, que han intervenido a lo largo de la Historia. Si tenemos en cuenta que la evolución humana, como cualquier otra en el orden natural, es una constante interacción entre el orden y la entropía, llegaremos a la conclusión convincente y satisfactoria, de que ni el más potente ordenador imaginable sería capaz de explicarnos.
Todos llevamos en nuestros genes algo de Séneca, o de Averroes, que nos permiten acercarnos a los conceptos de tolerancia y universalidad que queremos como nuestros. Y sin llegar tan lejos, todos participamos de la ciencia, valor humano y honradez de Blas Infante, de Mariana Pineda, de Giner de los Ríos o de María Zambrano, entre tantísimos otros..
Pero también llevamos el germen de la dejadez y ese otro malage que se dispara de vez en cuando con lo cual, si bien no se conculca la continuidad , sí se altera o modifica cambiando los derroteros de una sociedad y de una época. Para muestra, podemos convenir que poco o nada queda a la vista de la presencia musulmana en Ronda a través de los siglos. A pesar del empeño de tantos turistas que esperan ver evidencias de tan dilatada época, muchos de ellos habrán de irse, quizá decepcionados, por la casi total ausencia de restos de aquella cultura en una ciudad que revistió especial importancia en los designios del Estado islamita que rigió los destinos de Al Andalus a lo largo de tan extenso período de la Historia. 
De todas formas, puede que tan esforzados transeúntes hagan su composición de lugar y elucubren cuanto su imaginación les permita mientras deambulan jadeantes por las cuestas y callejas de la vieja Medina y sus arrabales intramuros, hoy día Ciudad y barrios del Espíritu Santo y de San Miguel. Los recios caserones, las iglesias y palacios que hoy observan, nada tienen que ver con la estética de una época que se fue casi sin dejar huella, excepto en los basamentos de los edificios y el trazado sinuoso de algunas calles. Incluso las interioridades de las casas "repartidas" fueron tapadas por reiteradas y abundantes manos de cal, relegando al olvido los estucos y decorados que ornaban las mansiones de los próceres que un día las habitaron. Tan sólo se han recuperado hasta ahora un algún arco en la Iglesia Mayor, algún otro en el Palacio de Mondragón, el minarete (naszarita) de San Sebastián, y la llamada Casa del Gigante, que se halla en "trance" de restauración. 
Izna Rand Unda, la Arunda romana (simplemente Unda en tiempos de los godos), se estructuraba, como la sociedad que la habitaba, de forma piramidal y con escasa permeabilidad entre sus castas o estratos sociales. La disposición del terreno permitía esta distribución del espacio urbano, situándose en el vértice superior, en la actual plaza del Ayuntamiento, los edificios más nobles e importantes (igual que ahora), entre ellos la Mezquita Mayor, construída sobre un templo romano. En dicha plaza se instalaba a su vez el zoco. Siempre a la sombra protectora del Castillo del Laurel, del que no queda (literalmente) ni una piedra. 
Colindante por su parte norte se hallaba la Medina, entonces residencia de los nobles y dirigentes (actualmente lo es de algunas familias de lo más "chic"), lugar sucesivamente ocupado, en aquellos tiempos, primero por los primates y aristócratas de ascendencia oriental y luego por las clases dirigentes de las tribus norteafricanas que invadieron la Península en siglos posteriores. Inmediatamente, hacia el Este, siempre dentro de unas fortísimas murallas, se hallaban los dos arrabales, el alto, poblado (como hoy mismo), por gente de medio pelo y comerciantes enriquecidos, y el bajo, en el que se asentaban las familias de menor poder económico. Se conservan restos del cinturón defensivo (murallas del Carmen), así como restos de las puertas que daban acceso a la ciudad fortificada, con diferentes grados de abandono o acierto en su restauración. Entre las segundas destacan la de la Cijara (palabra curiosamente de origen latino) y la de Almocábar ( de maqbara, y de ahí macabra, o macabro ), y por tanto, puerta del Cementerio.
Extramuros, en lo que hoy es el barrio de Padre Jesús, se asentaba una importante y floreciente judería, y más lejos aún, poblando el barrio de las Peñas, se agrupaban los cientos de cristianos que bajo la égida musulmana, vivieron en Izna Runda conservando sus creencias bajo el nombre de musrab o mozárabes. Interesante colectivo a quien debemos en gran parte el romance aljamiado, que algunos llaman castellano, con el que hoy día nos expresamos. Incluso se conserva una iglesia rupestre, hoy llamada de la Oscuridad, donde se reunían aquellos pobres trogloditas, lumpen de la sociedad de entonces. Hay cosas que nunca cambian. Hoy día sigue siendo el barrio más pobre y abandonado de Ronda. 
Si hay un ejemplo pretendidamente emblemático de esta cultura , son los archifamosos Baños nazaritas, que se han salvado debido a su enterramiento durante centurias, siendo sacados a la luz el pasado siglo por la danesa rondeña, doña Trinidad Schultz, titular consorte del Ducado de Parcent. Se hallaban en la confluencia del arroyo de las Culebras con el río Grande, muy cerca de la Medina y sus arrabales, y debieron ser un lugar de esplendoroso recreo y esparcimiento para los pudientes de la época. 
Convivían con los ciudadanos libres, un número considerable de esclavos o cautivos, ya que eran muy necesarios para la economía de la época, y para mantener servicios esenciales como el del abastecimiento de agua, que se acarreaba en odres desde el fondo del tajo ( en Ronda mueras acarreando zaques), a través de una mina que hoy constituye gran atracción turística, al poderse revivir "cómodamente" las penalidades de aquellos desgraciados. Era el rudo equivalente de nuestros actuales contratos basura, nuestras actuales jornadas abusivas y nuestro endémico índice de paro, apenas disimulado por este período de prosperidad económica, efímera y coyuntural, del que disfrutamos.
La ciudad fortificada de Izna Runda siempre permaneció inexpugnable, cambiando de manos mediante pactos y alianzas (más o menos como la actual corporación municipal), y no fue sino hasta el siglo XV, con el uso de la artillería, en que pudo conquistarse militarmente por un ejército hermano, aunque enemigo. Incluso después, se repararon los destrozos producidos por este arma, recuperando Ronda su valor estratégico y su carácter de plaza fortificada y bien armada debido al latente peligro de sublevación morisca en connivencia con sus aliados del otro lado del Mediterráneo, siendo nuestra tierra bastión indispensable, como hoy mismo sucede en otras escalas y con otros nombres. 
Es la perplejidad, común denominador de todo afanoso observador que se acerque con curiosidad a los entresijos de nuestra historia. Perplejidad que supone una constante a la hora de enunciar los avatares y anécdotas acontecidos a la pléyade de personajes famosos que de Ronda han ido, lo suyo cantando, por aquellas otras capitalidades que a lo largo de los tiempos han sido. Tal como hoy, en que una juventud más preparada que nunca, se apresta a desarrollar sus carreras en otros lugares, atraídas por el mismo fulgor en que perecen confiadas las palomitas en una noche cualquiera de nuestras calendas veraniegas.
Repasando la amplísima galería de notables rondeños, sólo voy a enumerar unos cuantos que me son entrañablemente afines por el desmesurado índice de perplejidad que producen sus anécdotas y vivencias. Tal es el caso de Abad Ibn Firnas, quien siete siglos antes de Leonardo, dejó anonadados a los habitantes de Córdoba al lanzarse con un aparato volador de su invención desde la colina de la Arruzafa. O del célebre Abomelic, cuyo espectro deambula por el palacio del cual fue propietario (y en donde se han celebrado algunas sesiones de este Congreso), departiendo eternamente con el del caballero jerezano que le dio muerte, don Diego Fernández de Herrera. O de Martín de Elvira, soldadito rondeño como los que ahora van a Kosovo, que fue citado nada menos que por Alonso de Ercilla en "La Araucana". O de Fernando de Valenzuela, Duende de Palacio en la Corte de Carlos III. O don Juan Pérez de Guzmán, galardonado con la "Bomba de Oro" por su grandiosa obra "El Dos de Mayo de 1808". O don Fernando de los Ríos, que recibió aquella aviesa tarascada de "Libertad, ¿para qué?". Vaya corte se llevaría el bueno de don Fernando cuando en Moscú le dijeron esa marranada.
Vamos a pasar entonces a los tres pilares sobre los que se asienta el saber popular rondeño, demasiadas veces enmarcado en la visión folclorista de Ronda, rayana no pocas veces en el abuso de su concepción romántica, y que son, por este o por cualquier otro orden, el flamenco, la tauromaquia y el acervo artístico de las Hermandades de Semana Santa. Respecto al primero, dejemos a los eruditos que sigan debatiendo en sana controversia, exenta en lo posible de innecesarios enfrentamientos, sobre los grandes temas pendientes en relación con la incontestable paternidad o definitoria influencia de Ronda respecto a livianas y serranas , a la soleá, la caña y el polo de Tobalo, o a la rondeña. Precisamente con motivo del presente Congreso, hemos editado un disco conmemorativo con letras inéditas y que se ha hecho exponente, entre otras cosas, de la gran sensibilidad que despiertan estos temas en las instituciones locales de mecenazgo, sin menoscabo de la lucha constante y encomiable de entusiastas y aficionados.
Respecto al otro puntal, constituido por la tauromaquia, desde la dinastía de los Romero hasta la de los Ordóñez, nos encontramos actualmente con la mejor tarjeta de visita de la ciudad encarnada en su corrida goyesca, que esperamos alcance el justo equilibrio entre las demandas de la población local y el inevitable compromiso con tantísimos aficionados de todas partes que sueñan con asistir a este incomparable espectáculo. Por último, en lo que se refiere a nuestra Semana Santa, hay que convenir que goza de muy buena salud en cuanto a la vitalidad de sus hermandades, lo cual permite mirar hacia el futuro con optimismo debido a la creciente proyección tanto religiosa como cultural de sus manifestaciones públicas.
Ronda ha sido y es subsidiaria de su pasado tantas veces visto y relatado con tintes romanticoides. Toda la parafernalia respecto al bandolerismo debería hacernos evitar en lo posible la excesiva teatralización de un fenómeno histórico bastante serio y que estuvo transido de revuelta y desarraigo en sus orígenes, y de represión y sufrimiento en sus finales. Y en todo caso, no sé qué virtud tiene incluir en la nómina de estos desdichados, a los más recientes, psicópatas y asesinos Flores Arocha y Pasos Largos, el primero de ellos autor del horrible crimen de la Fronfía Alta, lugar maldito donde los haya, y que incluso hoy día, a pesar de su grandiosidad, muestra las horribles cicatrices del gran incendio que en 1991 devastó gran parte de la Sierra de las Nieves, como si las víctimas de aquel suceso clamasen porque aquellas tierras muestren el desolado aspecto que hoy tienen.
Llegados al ecuador de este discurso, tenemos que empezar a hablar de los referentes que nos han traído hoy aquí, a este lugar emblemático como pocos, donde hoy concluye un Congreso que pretende ser heredero y continuador de aquella memorable Asamblea Regionalista de las Provincias Andaluzas, celebrada en estas mismas dependencias hace ya 83 años, a la sazón presididas por Blas Infante. Afortunadamente, alguien inventó algunos años antes la fotografía, y de los testimonios gráficos dejados por tan buenos profesionales como desde entonces hasta ahora han sido, podemos, aparte de deleitarnos con su contemplación, sacar numerosas conclusiones sobre cómo era la vida y qué aspecto tenían nuestros abuelos y bisabuelos en aquellos entonces, por aquello de que más vale una imagen que mil palabras.
Así podemos inferir que a principios del pasado siglo, la sociedad rondeña estaba constituida de una parte por una minoría burguesa acomodada, comerciantes adinerados y propietarios de tierras, salpicada de algunos títulos nobiliarios y por otra parte, de obreros y pequeños artesanos así como de una extensa masa de desheredados al límite de la indigencia que ocupaban su vida en trabajos menesterosos, no exentos en ningún caso de dignidad, todos relacionados con la agricultura de subsistencia y actividades conexas, como el acarreo o el pastoreo extensivo. En este contexto, la celebración de un Congreso como el Georgista de 1913, al que asiste un Blas Infante jovencito y con bigote, o de una Asamblea como la de 1918, debieron parecer a los ojos de la población como unas reuniones de señoritos algo lunáticos que venían a arreglar el mundo desde sus almidonados cuellos y sus bonitas aunque ininteligibles palabras.
Sin embargo, ahora se verían tremendamente complacidos al observar que las palabras de aquellos insignes ilustrados han dado sus frutos y que aquel rústico pueblo transido de imágenes de auténtica pobreza, se ha convertido en esta magnífica ciudad de hoy, la tercera más visitada de Andalucía, donde el sector servicios se ha adueñado del mercado laboral, y que aún arrastrando índices de paro apenas disimulados por la hasta ahora mismo floreciente coyuntura, está generando riqueza gracias al turismo y demás industrias del ocio, por otra parte monocultivos de cuya dinámica habría que escapar so pena de convertirse en subalternos dependientes de por vida.
Cuando esté terminada la prevista remodelación de la Plaza del Socorro, podremos ver erigirse como elemento central de la misma un monumento representativo de los símbolos de Andalucía, como prueba corroborante de que todo lo que en este lugar se hizo y se dijo, halló su eco y fructificó en realidades maduras y felices, tras un siglo de guerras y contradicciones, hasta llegar a este 29 de septiembre de 2001 en que se clausura en Ronda un nuevo Congreso que a su vez dará sus frutos en un futuro venidero. Y así seguiremos construyendo ese continuum a que me refería al principio.
Si hay una cosa que me ha sorprendido gratamente llamando poderosamente mi atención, ha sido la entusiasta acogida que este proyecto, el Congreso en sí, ha merecido por parte de cuantos estamentos y personas con los que he tenido ocasión de contactar en el largo y arduo periodo de preparación del mismo. Existe un sentimiento de acogida, de simpatía, de entusiasmo por cualquiera de estos temas que tocan la fibra íntima de nuestra conciencia colectiva como andaluces, sin distinción de credos, ideas o tendencias. Sin ánimo alguno de interpretar el legado ideológico de Blas Infante, creo que hoy se sentirá enormemente satisfecho al contemplar cómo este grupo de personas que nos hemos reunido a su amparo, hemos participado de un mismo y común espíritu de amor y respeto por nuestra tierra y nuestra cultura. En este sentido, debería aprovecharse el tirón que supone un evento de estas características para perseverar en la continuidad de este proyecto, envite que lanzo especialmente al Centro Andaluz de Ronda.
El andalucismo moderno, que fue madurándose a lo largo del pasado siglo, se asienta hoy día sólidamente en la conciencia de nuestros conciudadanos, y puede concluirse que se trata de una corriente de pensamiento plenamente vigente, profundamente pacifista, democrática y respetuosa con las reglas del juego, pues no de otra forma encajaría con el más que demostrado ánimo universalista e integrador de nuestra gente, en cuya amplitud de miras puede que esté su talón de Aquiles, pero también su mayor grandeza.
Volviendo a nuestra querida Ronda, y a su tránsito diáfano y señero por los caminos de la Historia, hemos de pararnos a contemplar la situación antes señalada que obraba en este término allá por los años en que el Congreso Georgista de 1913 tiene lugar en nuestra ciudad. Con un 63 por ciento de la superficie ocupado por 39 grandes fincas, un 5 por ciento en pequeños cortijos, el 1 por ciento en huertas, y el resto, monte, hazas o ruedos, no es de extrañar, por tanto, que las doctrinas fisiócratas pidiesen la liberalización de las tierras para así obtener la libertad de las personas.
Como tampoco es de extrañar que propugnaran la implantación de un impuesto único o contribución catastral del 2 por ciento que de por sí cubrirían las necesidades presupuestarias del ayuntamiento de aquel entonces. Hombre, la idea en sí era buena, y de hecho bien pudo ser el germen, tras larga evolución, de nuestro actual Impuesto sobre Bienes Inmuebles. Pero de único, nada, pues de hecho convive perfectamente con otra pléyade de Impuestos, tanto directos como indirectos, como tenemos, para todos los gustos y de todos los colores.
Cuando Blas Infante vuelve en 1918 parece que las cosas se habían arreglado un poquito, pues se salía de una Gran Guerra en la que permanecimos neutrales y de ello se obtuvo un respiro económico que luego había de desarrollarse en los felices años 20. Son los años en que Raquel Meyer hizo su primera versión de la película Carmen, en los que se cambia la portada de la Plaza de Toros a su ubicación actual, años en los que Cayetano Ordóñez y Aguilera, "Niño de la Palma" alcanza el culmen de su carrera, Joaquín Peinado anda por la Escuela Española de París, e incluso se crea una entusiasta compañía con el pomposo nombre de "Petróleos de Ronda". 
Hoy quizá nos encontremos al final de otra etapa de felices o al menos soportables años, y puede que ahora mismo ya nos hallemos al inicio de otro ciclo de recesión económica. Los recientes acontecimientos internacionales, cuyo futuro no podemos predecir, más el final de la bonanza, relativamente ficticia y especulativa derivada del monocultivo económico antes aludido y de la transición peseta - euro, posiblemente darán lugar a un período de mayor incertidumbre, que aquí en Ronda puede traducirse en descenso de la demanda turística, disminución de las subvenciones a la agricultura y vuelta de la mano de obra que actualmente se halla en la Costa empleada en el sector de la construcción.
Esto nos debería hacer reflexionar de que casi nada hay hecho, de que debemos reclamar de las instancias políticas del color que sean, una mayor preocupación y dedicación, y demandarles en concreto que afronten decididamente los temas pendientes, que han sido puestos en evidencia durante este Congreso, de la vertebración de nuestro territorio mediante la ya insoslayable comarcalización, así como de la creación de vías que permitan a Andalucía hacer sentir su voz en las instituciones europeas. Bueno, y que tengan el detalle de declarar al pinsapo, árbol rondeño por excelencia, árbol nacional de Andalucía.
Por último, manifestar el deseo de que sean, por tanto, y en todo caso y para siempre, Ronda y Andalucía, libres de la barbarie, de la incultura, de la intransigencia y de los colonialismos de cualquier clase. 

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