Artículo aparecido el día 04 de abril de 2003 © Alfonso López 
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POCAS PALABRAS Y MUCHOS ¿QUÉ? ©Alfonso López Domínguez

Hechos, parece que dicen. Me refiero al lema que he escuchado en algún sitio y que adorna la campaña electoral de cierto grupo de políticos locales. Medalla de oro con diploma a quien haya inventado el eslogan. Respecto al grupúsculo local en cuestión, las pocas palabras ya las conocemos, a la sazón: música, especialmente milongas, y lluvia fina. En cuanto a los hechos, aparte de lo cacofónico (mushosheshos) del sintagma en cuestión, supongo que habrán querido decir logros, resultados, realidades, etc, porque el término “hecho”, en sí, y sin perjuicio de sus utilidades en diversos ámbitos jurídicos, tales como el penal o fiscal, es uno de los vocablos más vagos e indeseables de la composición lingüística. Es como decir “cosa”, que sirve para todo pero no define nada. Hay que evitar siempre la confusión entre palabras y palabrería. Aunque igual estos señores del citado grupito querían decir que  a buen entendedor con pocas palabras bastan, o que quien poco habla poco yerra, o quizás aquello de que en boca cerrada no entran guarreridas, pero claro, todo eso está ya inventado y hay que ser originales. Dicho y hecho este comentario sin ánimo de perversa crítica, sino por curiosidad y con cariño, porque todavía me acuerdo de aquel célebre motivo, la madre de todos los eslóganes, que decía “ni Pacheco ni Alejandro”. Pues claro, el público hizo caso y no votó a ninguno de los dos. Lo más gracioso de todo, es que al cabo de los años, parece que ambos intentan coaligarse de nuevo para quitarse de en medio al enemigo común, Antonio Ortega. Es que no tenemos remedio.

Este desprecio por la palabra dice poco de quien lo esgrime, porque es la única herramienta indispensable para comunicarse entre seres humanos, sobre todo a ciertos niveles conceptuales. También es descriptiva esta negación del valor de la palabra por parte de aquellos que gustan del autoritarismo y de su condición necesaria, la sumisión de los adictos. Sin palabras, obviamos el diálogo, y por tanto, el tener que dar explicaciones o convencer. Sin hablar y sin dejar hablar, imponemos nuestro criterio de forma gestual y contundente, incluso con el más contundente de los gestos: el silencio. Todo ello sin contar las personas a quienes se niega el pan y la palabra en política, cual es el caso de María Jesús Becerra, y que encuentran como ella sosiego y reparación en la beatitud del pregón cofrade de la Hermandad del Santo Entierro, que este sábado habrá de celebrarse a las 7 de la tarde en la Iglesia del Espíritu Santo, y en cuyo caso las milongas se verán sustituidas por cánticos de la Schola Gregoriana Malacitana.

Tampoco hay que negar su parte de razón a quienes defienden el ahorro y la mesura verbales. Por ejemplo, para dimitir de un cargo cuando la mayoría se expresa libremente en contra. O cuando se trata en definitiva de salvar el honor de un país, o sin picar tan alto, el de una formación política de ámbito local. Con decir “lo siento, me he equivocado, adiós”, bastaría. Claro que esto sólo lo hacen los demócratas. Los déspotas ( y no estoy poniendo ninguna comparación), prefieren callar y poner a sus fieles entre los inocentes, escudarse detrás de rehenes, y acabar en medio de un desastre antes que dar su brazo a torcer.

Por último, no hacen falta pocas, sino ninguna, cuando las palabras se utilizan para agredir y someter. Sabido es que el ser humano utiliza como arma cualquier cosa que tenga a su alcance, y que no duda en emplear cualquier vehículo de comunicación como arma propagandística y de manipulación ideológica. Lo mismo se puede decir de las imágenes y de su omisión. Por ejemplo, la evidente manipulación que hacen los medios adictos a este régimen  para ignorar hechos tan contundentes como la manifestación de entre setenta y cien mil personas en la marcha del pasado domingo a Rota. Pasaron de informar con la huelga del 20 J y lo hacen con cualquier expresión contraria a sus designios que se desarrolle en el ámbito de nuestra comunidad autónoma. Mientras tanto, bien valdrá, como creo, irse a Romerijo a tomarse un cervezón y unas gambas o cigalas, como hicieron algunos de los manifestantes una vez finalizado el evento, y si no, que se lo pregunten a mi amigo Manolo, por aquello de que a Dios rogando, y el langostino jamando.

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