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| Artículo aparecido el día 28 de febrero de 2003, con motivo del Día de Andalucía | © Alfonso López |
| Definición 800 x 600 |
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SENTIMIENTO, REIVINDICACIÓN Y ESPERANZA ©Alfonso
López Domínguez Son los tres
valores más invocados en esta celebración del Día de Andalucía.
Normalmente, en la conmemoración del día de nuestra muy histórica
nacionalidad, deberíamos también aprovechar para hacer balance de cómo nos
han ido las cosas en este año
que ha pasado, y así poder seguir ahondando en el conocimiento de nuestra
realidad, y lo que es más importante, preguntarnos qué queremos conseguir,
cuáles son nuestros objetivos como andaluces. Aunque en realidad lo que
estamos celebrando es que el 28 de febrero de
1980 el gobierno central de entonces nos impuso un esperpento de referéndum
intentando por todos los medios que no pudiéramos acceder a la autonomía a
través del Art. 151 de la Constitución.
A estas alturas, por lo que a nosotros respecta, estamos incluso mejor, pues ya nadie duda de que en el estado español tenemos dos grandes capitales, unidas por un puente aéreo y algo más. De una parte, Madrid, la vieja capital que bajo sus colgantes y alhajas representa todavía a la parte más profunda, rancia y montaraz del españolismo puro. De otra, Barcelona, la capital emergente, que no ejerce su influencia sólo en lo político y sobre todo, en lo económico, sino que aspira de siempre a convertirse en la Atenas intelectual de España. Ambas se encelan en la salvaguarda de sus pretendidas primacías. Pues
bien, habrá que recordar de nuevo la misma obviedad. Que en una zona bastante
amplia del estado español no se piensa ni habla ni en catalán ni en
castellano, ni en historias, sino en andaluz. A ver quien
afirma, a estas alturas, que no existan, por una parte, una variante
del idioma español llamada andaluz en su conjunto y por otra, una forma de
ser y de expresarse, definidas y formuladas según los distintos matices que
aporta todo lo andaluz. Por ende, quién niega la impertinencia e infortunio
de la expresión “nacionalidad histórica”, que ha sido muy certeramente
puesta en evidencia por el presidente del Tribunal Constitucional, a pesar del
revuelo que ha suscitado entre unos y la curiosa callada de los otros. Aunque
al final todo ha quedado en lavativas, pues el argumento exhibido por don
Manuel, de que en su pueblo se lavaban con aromas y azahares hace mil años,
no parece convincente, quizás porque en el mío nos lavábamos, apenas hace
treinta, todavía en el baño de cinc. A la respuesta de don Jordi Pujol, de
que sí, de que ellos no se lavaban pero que eran cristianos, habrá que decir
que sí, cristianos devotos de los mártires, santos y autores andaluces de
siglos anteriores. Finalmente,
quisiera dejar constancia de una paradoja rondeña. Por un lado, habrá que
someterse, como dice don Juan Harillo, al genio y a la sabiduría del artista
don Nicomedes Díaz Piquero, y por el otro, habremos de creer que el pueblo
está despistado cuando cachazudamente se pregunta qué hace Tarzán en la
plaza del Socorro. |
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