Artículo
publicado en la revista Puente Nuevo nº 17 marzo  2002

ARUNDA

   

DE GÓMEZ MORENO A OLAGÜE
© Alfonso López Domínguez
Con relativa frecuencia nos quejamos del aluvión informativo, que no de conocimientos, que se nos ofrece a diario de forma casi abusiva por parte de los distintos medios de comunicación y divulgación. Es tanta la paja que apenas somos capaces de distinguir el grano, si es que éste aparece alguna vez. Cuestión, sin más, preocupante, y con abstracción hecha de las teorías que nos alertan sobre el consabido intento subliminal de apropiación de nuestras conciencias (consumidores somos, al fin y al cabo, y no otra cosa).
Claro que esto se alega en el paso del siglo XX al XXI, del nuevo milenio, que pomposamente dicen algunos, como si el tiempo hubiera pasado en balde desde el anterior tránsito intersecular de hace cien años y nos encontráramos con un panorama intelectual aún peor, si cabe. No en cantidad, por supuesto, sino en calidad y en ética de la ciencia. Entonces tenían pedagogos como Giner de los Ríos, quien propugnaba que para salir de la postración histórica el mejor remedio era el cultivo de la ciencia usando rigor y disciplina. Los defensores de esa ética defendían la regeneración a través del trabajo bien hecho. La precisión y el rigor por encima de la cultura de los charlatanes, tan difundida hoy día por vía analógica o digital. O por cualquier otro medio de difusión mecánica, o de cualquier clase, como ponen en las contratapas de sus obras los actuales continuadores del nihil obstat tradicional.

Modillones de lóbulos. Santa María de Lebeña

Fue en 1910 que nació el Centro de Estudios Históricos (en Madrid, claro), y en su seno desarrolló gran parte de su inmensa actividad científica otro grandísimo andaluz de siempre, don Manuel Gómez Moreno, historiador al que hay que leer. Así, sin más: que hay que leer. No voy a desarrollar su biografía, que puede encontrarse, buscando, que tampoco sería mal hábito, el libro publicado por su hija María Elena en 1995. Baste decir que fue de Granada, y que ocupó plaza en la Real Academia de la Historia (1917), en la de Bellas Artes en 1931 y en la Española de la Lengua en 1942. Doctor honoris causa por las Universidades de Oxford, Glasgow y Granada. Catedrático de Historia del Arte y de Arquelogía Arábiga en Madrid. 
De su ingente obra, 245 libros publicados, a mi vereda particular interesan: Arqueología tartesia (1905), Excursión a través del arco de herradura (1906), La Alhambra (dos volúmenes de 1912 y 1918), Arte mudéjar toledano (1916), que se continúa con Ornamentación mudéjar toledana (1923); La civilización árabe y sus nonumentos en España (1919), De epigrafía ibérica: El plomo de Alcoy (1922) que se continúa con Sobre los iberos y su lengua (1925) y con La escritura ibérica (1948) y con La escritura bástulo turdetana (1961), que tantísimo nos interesa a nosotros, pobladores de la antigua Bastetania ( aunque tan íntimamente relacionados con lo turdetano).
Alonso Cano escultor (1926) y La escultura del renacimiento en España (1931) más Las águilas del Renacimiento español (1941), más El Greco, El entierro del Conde de Orgaz (1943), El panteón real de las Huelgas en Burgos, más Diego de Siloé (1963), Los marfiles cordobeses y sus derivaciones (1927), El entrecruzamiento de arcadas en la arquitectura árabe (1933), El arte románico español (1934), Las lenguas hispánicas ( discurso de entrada en la R.A.E, 1942), Arte árabe español hasta el siglo XII, Arte mozárabe en Ars Hispaniae III (1951), Los perfiles de la España bárbara (1952) Escultura medieval española (1964), Génesis del arte godo, (1964), Granada en el siglo XIII, (1966), La documentación goda en pizarra (1966), Las primicias del arte cristiano español (1966).
Pues bien, este ingente autor, eminente científico, uno de los mejores historiadores de todos los tiempos, junto con su discípulo y colaborador Leopoldo Torres Balbás, han sido obviados y sistemáticamente ignorados por la historiografía oficial en cuanto su ciencia ha puesto en evidencia a los mitos y leyendas oficiales atribuidos a nuestra propia Historia. Insisto tanto en este término, para reivindicar todas las corrientes que han sido formalmente excluidas y amordazadas o maniatadas desde la intransigencia o la estulticia por los que defienden algunas visiones unitarias y dogmáticas de las que tanto hemos tenido en determinadas épocas.
Pero volviendo a nuestro autor, dos son los trabajos que despiertan nuestra especial atención: "Las primeras crónicas de la reconquista. El ciclo de Alfonso III" (1917) e "Iglesias Mozárabes, Arte español de los siglos IX y X" (1919). Lo primero que llama a la atención es precisamente el escaso eco que han tenido ambas obras por las razones antes aludidas. Incide el historiador en la idea maestra de que existe en esta época una emigración andaluza hacia tierras del norte que conforma y define de manera esencial el nacimiento y posterior desarrollo de las sociedades emergentes, nacidas en dicha zona, de la fusión o mestizaje de culturas indígenas, con el acervo y la herencia cultural aportados por estos emigrantes provenientes del sur, principalmente de Mérida, Toledo y Andalucía.
Así pues, frente a los autores que han querido ver rastros de cristianismo en el siglo VII en esta zona por la existencia de iglesias que han nombrado visigodas, Gómez Moreno y otros más recientes han demostrado que son posteriores al siglo VIII, edificadas por monjes emigrantes del sur. Igualmente, nuestro autor señala y demuestra que el arco de herradura ya se empleaba con anterioridad al Islam, abundando en la convicción de que el arte andalusí está basado en la estricta continuidad de lo autóctono. Por otra parte hay que tener en cuenta las anotaciones en árabe que tienen la mayoría de lo textos latinos del norte en los siglos IX y X, y según constatamos en "Iglesias Mozárabes", los propios nombres arabizados de muchos de estos cristianos, incluso clérigos, obispos y condes, así como de la toponimia de muchos lugares, aunque en esto también influyen las sucesivas y postreras migraciones originadas por la conquista. Se explica en definitiva el nacimiento de la monarquía astur leonesa en base a las aportaciones de esta herencia cristiana venida esencialmente del sur, es decir, de lo que los propios norteños denominaban Spania. A la amplia mitología empleada en la Crónica de Alfonso III, Gómez Moreno contrapone la mayor precisión y rigor de la Crónica Albeldense, escrita según él por un monje mozárabe. Respecto al arte ramirense, se evidencia su influencia sureña en monumentos tan emblemáticos como S. Miguel de Lillo, Santa Mª del Naranco, y Santa Cristina de Lena, donde se emplea el ladrillo y otros elementos arquitectónicos extraños a la zona. 

Iconostasis. San Miguel de la Escalada

Son tantas cosas... termino con dos anécdotas que he podido comprobar in situ. Respecto a Santa María de Lebeña, esa pequeña maravilla en el interior de la Liébana, señala Gómez Moreno el hecho de figurar las santas sevillanas Justa y Rufina entre las titulares de dicha iglesia, como digo, perdida y desatendida en nuestros días y apenas cuidada por una santera anciana y su hija. No se puede quedar sin mentar San Miguel de la Escalada, fundado por monjes cordobeses y su abad Alfonso, y donde un tal Magius ilustró el más antiguo Beato o códice conocido con elementos decorativos ajenos a aquellas tierras, con paisajes añorados de arcos de herradura, almenas escalonadas, puertas con cerrojos andaluces y estrellas de ocho puntas.
Respecto al idioma como vector cultural indispensable, qué decir. Se nos ha trajinado tanto con la generación espontánea del que hoy usamos, en la zona de la Vardulia, o Bardulia (ni en eso se ponen de acuerdo), que dejaremos las reflexiones simplemente apuntadas. En primer lugar, el magma formado por las lenguas y dialectos que por entonces se utilizaban en territorio peninsular, parece claro que solidificó en las distintas lenguas modernas que hoy hablamos en nuestro territorio. Pero ¿cuál fue ese magma lingüístico, tan extrañamente parecido y uniforme? Tanto el latín como el árabe eran lenguas cultas y eruditas, patrimonio de las clases pudientes o dirigentes tanto en lo político como religioso, mientras que el pueblo llano, las demás gentes, y hasta la aparición de la imprenta ya en el siglo XV, eran ajenas a cualquier erudición o a cualquier acceso a la cultura, privilegio de los poderosos. Puede deducirse que el denominador común a todos los protolenguajes hablados por el pueblo en esta época es el aljamía o romance más o menos arabizado, expandido y difundido ampliamente hacia el norte por los emigrantes andaluces.
Por suerte o por desgracia, Gómez Moreno, el gran especialista e iniciador en el estudio de las lenguas ibéricas, a pesar de haber trabajado algunos años junto a Menéndez Pidal no parece que influyera mucho en él, ni de que este último aprovechara las pistas que otros sí han amagado y esbozado, pero sin llegar a desarrollar. Citando dos ejemplos de estas pistas, por una parte está su afirmación de que los más antiguos libros, que en León y Asturias se registran, emigraron de Andalucía. Por otra, sus excavaciones y hallazgos en la zona de Elvira, en Granada, relacionados con la existencia y posterior emigración masiva de los habitantes de la Castilla granadina... precisamente a la zona de la Vardulia.
Bueno, pues hora es de pasar al epílogo de este artículo haciendo fugaz referencia al otro autor con que se cierra el encabezamiento del mismo. Ya en el pasado Congreso de Ronda, ante las continuas alusiones a Olagüe, sobre todo por parte de los Almenaros, el profesor Lacomba meneaba la cabeza con ese gesto entre condescendiente y escéptico con que los representantes de la jerarquía saludan a los excéntricos y a los que no se someten a la ortodoxia incontrastada que solemos aceptar casi siempre de grado o por fuerza. Pero es que más recientemente, en unos cursos del CEP dados en nuestra ciudad a los docentes empeñados en acumular puntos que sumar en su particular cómputo de sexenios, se impartió una conferencia por el profesor Antonio Enrique titulada "Canon Heterodoxo" de la que me llega una fotocopia del trabajo "Sobre la identidad hispánica", del citado autor, quien desarrolla ampliamente en uno de sus capítulos su visión sobre el libro de Olagüe "La revolución islámica en Occidente".
La polémica no es que esté servida. Es que lleva siglos cociéndose en el puchero de nuestras desdichas colectivas, y ahora que se destapa la olla, el guiso que se nos descubre debería ser plato obligado en todos los centros de enseñanza, que se precien de serlo, dentro y fuera de nuestra Comunidad. Se trata, en síntesis, de otra visión más, contraria al mayor engaño histórico al que hemos sido sometidos, hecha de forma rigurosamente sistemática y científica, discutible, pero incuestionable, si se me permite la paradoja. Pues nada, animo a los lectores a que se busquen la vida y encuentren una copia del citado libro, o del citado artículo que lo extracta, porque merecen la pena.



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