Goyesca Nos encontramos en el tercer año de gracia desde que se fundó este periódico en que nos volvemos a topar con la siempre grata y amable necesidad de comentar el festejo por antonomasia de la ciudad de Ronda. Nuevamente llegamos al culmen del singular ciclo anual que comienza y termina con la Feria de Pedro Romero. No hay otro acontecimiento que marque un hito más importante que éste en el singular desarrollo de la vida local rondeña. Coincide, además, con el término del período vacacional y el inicio de un nuevo curso, no sólo escolar, sino político y ciudadano. A partir de ahora, el tiempo refresca, la gente vuelve a sus labores con renovadas fuerzas, y aparte algún que otro puente festivo, el personal se apresta a superar estos largos meses otoñales que se nos avecinan, con inusitada laboriosidad y reforzado espíritu. A partir de ahora, se van dejando de lado los estrafalarios atuendos veraniegos que nos obligan a pasearnos por calles y plazas con pantaloncitos cortos y camiseta al uso, recordando tiempos de nuestra infancia con parecido atuendo, aunque con menos pilosidades y menos nudos en nuestras castigadas extremidades inferiores. En este sentido, como en otros tantos, se ha perdido la compostura propia de nuestros mayores, que aguantaban estoicos las inclemencias veraniegas enfundados en sus ampulosos mambos las señoras (cuando no de riguroso luto más o menos aliviado), y en sus trajecitos de albúrea compostura o en las sufridas guayaberas los señores. Todo ello debidamente rematado con sombrero a juego, o mascota. Antes existía una clara diferencia entre el austero indígena y el extravagante turista, mientras que ahora todos parecemos destartalados guiris en algún momento de nuestras largas experiencias estivales. Pero volviendo al tema que nos ocupa, es en esta feria anual cuando se abre un paréntesis de moderación en el trato, de amigable componenda entre rivales, de fraternal convivencia y de catártico olvido de diferencias. Se purga el alma de viejos recelos y desconfianzas, ayudándose de la medicación adecuada, es decir, del buen fino o manzanilla, sin menoscabo de otros rebujos que ahora están de moda. Todo ello con la debida moderación y mesura, ya que como toda medicina, los efectos secundarios en caso de abuso pueden llegar a dar desagradables sorpresas. Por una vez al año, se liman asperezas, se disuelven vanidades, se alegra el espíritu y todos disfrutan de una singular aunque efímera amnistía, que no amnesia. Como buque insignia, emblema y blasón de esta singular fiesta, aparece el sábado la corrida goyesca, memorable invención del añorado Maestro, que este año por vez primera nos desasiste de su presencia física, aunque no de su recuerdo. Y como cada año, se renueva el debate sobre la conveniencia o no de dar mayor difusión a tan singular acontecimiento taurino. No podría entrar nunca en tal debate, debido a mi profanidad en el tema, pero sí puedo hacerme eco de las reflexiones de otros, tanto o más legos que yo en la materia, y por ello disculpables en su ignorancia. La verdad es que esta fiesta única en nuestro país no goza de la debida difusión. Puede que no haga falta, las entradas están repartidas desde hace incluso meses, los hoteles están al completo, la ciudad se satura en ese sábado de gloria. Pero puede que a miles de aficionados, quizá cientos de miles, que no tendrán oportunidad de desplazarse a Ronda, puede, como digo, que les interese saber algo más que unas breves imágenes y unas escuetas líneas sobre la feria de Pedro Romero y su corrida goyesca. Ignoro qué condicionantes de índole económico, social o de orden sucesorio afectan a la empresa Taurina San Cayetano o a la Real Maestranza.
También es cierto que un acontecimiento tan importante, tan celosamente guardado por su creador e impulsor, ha pasado a ser su mejor legado, al pueblo de Ronda, y por tanto, debería escucharse a éste porque seguramente tendrá muchas cosas que decir al respecto. Con respeto riguroso a la memoria del Maestro, hora es ya de plantearse si una de las mejores y más emblemáticas corridas de la temprada ha de seguir guardándose como oro añejo en el paño de una reducida aunque sin duda selectísima concurrencia. Sin que ello suponga menoscabo o detrimento de esta incomparable celebración anual, ya desde ahora y para siempre Memorial de Antonio Ordóñez. Y no sólo del festejo taurino, sino de la feria en sí, que toma su nombre de un genio histórico de la tauromaquia, también, y a pesar de todo, bastante desconocido por falta de divulgación de su figura. En estos tiempos de profunda controversia sobre la existencia misma de la Fiesta, no estaría de más echar las campanas al vuelo llegados a estas fechas, y propagar a los cuatro vientos, vía digital o analógica, las excelencias de esta cultura tan nuestra, y de los tres pilares sobre los que se asienta, y de los que Cayetano Ordóñez, El Niño de la Palma, es el tercer y asimismo fundamental bastión. Que así sea. |
| © Alfonso López Domínguez |
| el Periódico de RONDA |