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ARUNDA | © Alfonso López |
Artículo aparecido
el día 01 de junio de 2002 en las páginas
de opinión de la publicación
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ELEGÍA ©
Alfonso López Domínguez Querido amigo Angel: Esta dimisión, o quizás defección tuya, a diferencia de otras, sí que me abruma y desconsuela, porque suponías el último esbozo de elegancia contestataria que nos quedaba, el eslabón perdido entre poesía y rudeza, el caminante sin camino que transitaba pausado y erguido en su soledad entre una concepción romántica de la política y la burda realidad que conocemos. No quiero incurrir en falso dramatismo, pero se me vienen a la memoria tanto Miguel Hernández como su elegía por Ramón Sijé, de aquella época en que los poetas y los vientos proclamaban sin pudor su desconsuelo por la pérdida de un amigo o de una idea. En este caso, fenecida ya tu peculiar singladura política, me quedo de tu testamento con varias frases, entre las que destaco esa afirmación tuya de que no es ninguna vergüenza reconocer el error. Pues mira por dónde, a éstos del pesebre a los que aludes, nunca se les ha visto equivocarse, aunque anden metiendo la pata continuamente. No es hora ni momento de dar nombres, de sobra conocidos, pero como bien dices en tu carta, ese patriciado de pacotilla que tenemos en las antípodas de la democracia, cada vez más alejado del pueblo, nunca ha sido visto en la tesitura de sentir o no vergüenza por reconocer algún error. Quizá es que no la tienen. Pero tu ejemplar carta no afecta sólo a aquellos, grandes o pequeños, que maltratan nuestras esperanzas, desde los que a golpe de decretazo imponen sus espurias teorías sobre el bien social, hasta los que manipulan la gestión municipal mediante dudosas filigranas. También alude, o al menos así lo creo, a quienes se dejan seducir por engañosos cantos de sirenas que luego resultan ser sórdidas y patéticas sonatas de relinchos y gruñidos. Bienvenido, compañero, no de la S, ni siquiera de la A, sino de la república de los libres, de los que no han de temer por sus palabras, de los que sin calor de nadie y sin consuelo, vamos del corazón a nuestros asuntos. Obviando a los que desde sus blancos cuellos y sus ominosos despachuelos nos van a seguir pidiendo con soez procacidad que les dictemos las cartas y los escritos. Una zoleta y un escardillo, desde el orto hasta el ocaso, les daba yo para que se entretuvieran un rato y nos dejaran tranquilos. Nunca es inútil el sacrificio, porque al desafiar la vileza que denuncias, consigues poner en evidencia sus manejos, sus manos escondidas, su mediocridad. Por eso quiero recordar contigo a Rafael Alberti: no es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado. Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres. Por todo
ello, y salvando las distancias y las circunstancias, conseguidas ya tus
paulinas alas, “a las aladas
almas de las rosas del almendro de natas te requiero, que tenemos que hablar
de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.
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