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ARUNDA | © Alfonso López |
Artículo aparecido
el día 2 de JUNIO de 2001 en las páginas
de opinión de la publicación
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FÁBULA
DESESPERADA EN ÉPOCA ROCIERA
©Alfonso López
Expulsado el Hombre que fue del Paraíso, anduvo siglos y siglos errante por la faz de la tierra, talando bosques, organizando guerras, y haciendo toda la serie completa de marranadas a las que tan aficionada es la mencionada especie, hasta llegar a nuestro siglo XXI, en el que alcanzado y superado con creces el poder de autodestrucción del propio planeta, el Hombre se impuso la siguiente reflexión: Al principio vivíamos en aldeas, éramos multimillonarios en capacidad de trueque, porque todo podía cambiarse en función de las exigencias fundamentales, que eran pocas y concretas, y atendían a la satisfacción de una sencilla y placentera calidad de vida. Pero luego se inventaron las monedas, y con ellas la necesidad suprema de ganar un sueldo para obtenerlas, con lo que el espécimen humano dejó de ser libre y autosuficiente para convertirse en dependiente de unas necesidades reales o inventadas cuya obtención le ocupaban la mayor parte de su tiempo, con lo cual al final tampoco tenía ni tiempo ni ganas de disfrutar de esas recién descubiertas satisfacciones. Así
por ejemplo, de vivir en tiendas y chozas precarias y fácilmente reubicables,
pasó a vivir entre adobe, ladrillos, viguetas, tejas, y mucha rejería, todo
lo artística que se quiera, pero rejas al fin. Para ello se inventaron las
hipotecas, los préstamos con garantía hipotecaria, las comisiones de
apertura, los honorarios de registradores, peritos, y notarios, los impuestos,
los seguros de vida, de caución, todo riesgo, obligatorios, abusivos.
Entonces tuvo que trabajar el hombre más y más horas, y la mujer,
encandilada y engañada por esta magnífica situación, pasó a engrosar las
listas de población activa demandante de empleo, luego de subempleo, y por
fin, codo a codo con el hombre, juntos marcharon por la senda de los pringaos
esclavos de los bancos y otras entidades financieras. Luego, hubieron de
llenarse aquellos carísimos cubículos llamados viviendas, de toda clase de
aparatejos, basura electrónica, también llamados electrodomésticos, gama
blanca, gama marrón, marrón el de comerse todos los meses la ingente
cantidad de letras o recibos debidamente domiciliados sin coste (aparente)
alguno en la entidad donde te domicilian también la nómina. Por último,
surgieron los coches, también llamados vehículos de tracción mecánica, que
ocuparon otro gran porcentaje de la renta disponible familiar, con sus
continuas reparaciones, impuestos, combustibles con impuestos, seguros, y por
supuesto, el préstamo para pagarlo. La pareja humana abandonó su propia
formación, su futuro, su realización personal, para dedicarse exclusivamente
a pagar recibos y facturas, corre que te pillo, siempre tiesos, y no te digo a
fin de mes. Claro está que se inventaron sucedáneos de una cosa que en tiempos dio en llamarse “estado del bienestar”. Se inventaron, entre otros, las listas de espera del SAS, los viajes del INSERSO, y sobre todo, el “Gran Hermano”, odiosa apología del gandulismo, la vagancia, la poca dignidad y el parasitismo llevados a sus más espúreos extremos. Pero bueno, que al Hombre le quedaban al final doce o quince mil pesetillas para rememorar los viejos tiempos en que aún se tenía conciencia colectiva del paraíso perdido. Pero entonces se judicializó la sociedad en que vivía, y mientras algunos discutían por ahí acerca de un surrealista Pacto por la Justicia, el hombre tuvo que guardar su exiguo capital restante para costearse una necesidad nueva: la de un abogado y un procurador de cabecera, ya tanto o más necesarios que aquellos entrañables y extintos médicos de cabecera lo habían sido en otros tiempos. Ante tal situación, el Hombre volvió la vista a sus tradiciones y leyendas, y volvió de nuevo a la Aldea primigenia, y entre los otros hombres y mujeres, acompañando a la Naturaleza y ayudado por las bestias también primigenias que tanto le ayudaron siempre, fue a postrarse ante la Madre de Dios, a intentar y conseguir durante unos días ser un poquito menos malo de lo que era durante el resto del año. Claro que para entonces ya se habían inventado el rebujito y el todoterreno, y los alquileres astronómicos de las casas y las cosas, con lo que todo pareció volver a ser como siempre
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