UN ALCALDE
DE VERDAD © Alfonso López Domínguez
Me comenta un buen amigo y antaño excelente compañero, que en estos escritos se destila mucha guasa para con cierta persona, basando su extrañeza en el hecho de que, efectivamente, el supuesto damnificado no nos ha hecho nunca nada. Bueno, quizás el debate ideológico, la indagación en pos de ideas nuevas, la búsqueda de la sana crítica, la expectación por lo público, el deseo de soluciones, pasen al final inadvertidos ante algo tan prosaico y capcioso como meterse o no meterse con el alcalde. Por lo visto, es lo único que llama la atención. Sigamos entonces inventando tramas y argumentos extraídos de la fantasía, mundo a veces incomprensible, pero en todo caso distinto y alejado, por igual, de la burda trola que de la vulgar paparrucha que ya empezamos a cansarnos de escuchar de la boca de algunos munícipes.
Pues bien, érase una vez que se era, un hada madrina que se encontró con Pinocho en el despacho de la alcaldía, y en tocándole con su varita impugnadora, tanta fue la emoción, que el buen trocito de mueble rondeño del que estaba hecho, llegó a convertirse en carnecita trémula de sillón presidencial. "Soy un alcalde de verdad, soy un alcalde de verdad", se dice que canturreaba aquella vocecilla por los pasillos del Ayuntamiento de Mentirolandia, a donde acudían por cientos las postales convertidas en palomas de la paz y de la queja.
No vale contar bolas ni echar pretextos cuando se trata de explicar las cositas claras a los ciudadanos en cuestiones que son del interés común. Mucho menos echar a pelear a la gente con infundios que no buscan nada bueno, como no sea escurrir el bulto y esconder la propia responsabilidad. Los presupuestos están reclamados, impugnados, rechazados, contestados. Tales reclamaciones, y es lícito y necesario opinar así, son perfectamente válidas, fundadas, contrastadas y documentadas. Las han redactado personas capaces, entregadas, responsables y deseosas de poner algo de claridad en todo esto.
Por eso nos merecemos una respuesta, y la ciudadanía tiene el derecho y el deber de conocer, comprender y opinar sobre el contenido de tales reclamaciones. Para que no vuelvan a pasar de largo y de rositas, con cuatro latinajos que nadie entiende, con trucos de salón y a otra cosa, con fiestas y más fiestas, para seguir haciendo lo mismo sin dar explicaciones a nadie. Y porque además, así lo exige la ley.
La cosa es grave, mucho más grave de lo que nos quieren hacer ver, y ya es hora de que empecemos a preocuparnos de verdad, o va a ser esto más complicado que quitarle la mugre a los leones de Tarzán. Porque estoy convencido, querido don Juan, de que todos queremos y merecemos un alcalde (o alcaldesa) de verdad.