ARUNDA © Alfonso López 

Artículo aparecido el día 9 de Novbre. de 2002 en las páginas de opinión de la publicación
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EL PELOTAZO POLÍTICO ã Alfonso López Domínguez

Los que nos precedieron en el uso y habitación de esta ciudad, en los tiempos de la emérita Takoronna, vivieron felizmente durante siglos, sin meterse con nadie y sin que hubiera mayores sobresaltos hasta que los pilló el lobo, es decir, aquellos de los que descendemos. Era una sociedad, según y cómo, por lo poco que conocemos, y dentro de lo que cabe, más bien a rachas, permisiva, dialogante y relajada, a la cual pretende parecerse ésta que poblamos. Sirva este ejemplo para ilustrar la caducidad de las sociedades humanas, que no así de los principios que a veces las informan, y así nos encontramos con muchos puntos de identidad después de tanto tiempo. Particularmente me llama la atención una loable institución de aquella época, la de los gandules. Eran éstos,  jovencitos ociosos enrolados en milicias populares que se encargaban de vigilar las entradas de las ciudades para avisar de la posible llegada de tropas hostiles. No sabemos si se trataba de una alternativa a la Ley de Calidad, al botellón o a la movida nocturna, pero debió surtir efectos, y aparte de entretener a esta juventud siempre conflictiva, los preparaba para adquirir sentido de responsabilidad o quizás para seguir dependiendo de sus padres sine die.

Pero hay otra cuestión que más se asimila a cualquier época, y que se hace aún más evidente en tiempos de bonanza o estabilidad económica, normalmente precursores de grandes batacazos sociales, por aquello de los ciclos económicos que tan bien conocemos. Venía el otro día un chiste en el periódico que hablaba del “hombre como lobby del hombre”. En cualquier régimen político, auto o democrático, conservador o progresista, se suele dar un fenómeno incontestable: el poder económico siempre tiende a ocupar parcelas cada vez más extensas de poder político.

En cualquier ciudad real o imaginaria del tamaño de nuestra Ronda actual, existen varios grupos de presión de los de andar por casa, pero que acumulan un poder económico muy lejano y distante del que resulta accesible a la mayoría de los ciudadanos. Estos lobbies, por usar otro horrible barbarismo anglosajón, por bien conocidos no dejan de pasar inadvertidos a la mayoría, y tampoco pasa nada, porque según parece no hay ninguna traba para el enriquecimiento cuando éste se hace dentro de la legalidad. El paradigma surge de la convivencia, connivencia o simbiosis entre algún capo económico y su correspondiente socio político (y algo más), tándem efectivo que suele dar excelentes resultados (para ellos, claro) mientras se descubre el pastel. El problema, de existir, vendría dado por la depredación o vaciado ideológico de la formación política que tiene la “suerte” de albergar tal fenómeno fagocitante.

Pero tampoco pasa nada, porque estamos en época de gigantes, cabezudos, avispados, inestables, y algún que otro paraca practicante del amiguismo selectivo, que tanto encandilan en estas ocasiones a los que afanan y pretenden un puestecito en las listas, para ellos o para alguien muy allegado. No se puede negar el oportunismo de estos hábiles confabuladores, que administran sabiamente tales apetencias, y que ahora viven the time of their lives, aunque su erótica sea tan efímera como la de las luciérnagas en las noches de un verano tropical. Porque no dejan de ser vulgares practicantes del pelotazo y tentetieso, que extrapolan sus creencias hasta una confianza ciega en el becerro de oro del pelotazo político. Bueno, ya tendrán sus víctimas tiempo de darse cuenta del engaño, aunque por orgullo o pudor nunca lo reconozcan. De momento, les toca el papel de tristes mandaderos sin pundonor alguno.

Cabe imaginarse lo que puede suponer para una ciudad tener un alcalde deudor de alguno de estos lobbies. Los partidos serios, harían bien en extremar precauciones en sus acuerdos con este tipo de aventureros, que venden las aceitunas antes de tener plantado el olivar. Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de intentar desenmascarar aquellas maniobras, extrañas fintas y hazañas propias de quienes usan y abusan de la democracia en beneficio personal. Por muy poderoso caballero que sea don dinero, al pueblo soberano siempre le debería quedar la posibilidad de discernir entre los proyectos sólidos y fiables, y lo que puede llegar a constituirse en una auténtica merienda de caníbales.

¿ Quién les iba a decir a aquellos habitantes de la vieja Izna Runda, que siglos más tarde esta bendita tierra pudiera estar poblada por alguien así, incluido el chófer de Drácula, con tan poco sentido de la estética y del decoro ? De aquellos guardaremos siempre la memoria de una civilización que alumbró grandes poetas, magníficos guerreros, nobles mecenas y esforzados hijos del pueblo. De nosotros, ¿ quién hablará de nosotros, amigo mío ?

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