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ARUNDA | © Alfonso López |
Artículo aparecido
el día 10 de marzo de 2001 en la página
de opinión PUNTO
DE VISTA de la publicación
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LA
LLUVIA ESTÁ DE MODA
©Alfonso
López
Este año está lloviendo tela. Llueven las declaraciones del señor Gaspart, y sobre todo, llueve agua, mucha agua. Ya no sabemos si ésto es bueno o malo, beneficioso o pernicioso, porque sobre todo en la agricultura, lo que es muy bueno para algunos, resulta tremendamente perjudicial para otros. Pero, hablando en general, si convenimos que el agua es un bien escaso y de extraordinario valor, podría afirmarse que si rebosa un poco no está de más, y que la abundancia de este líquido y vital elemento debe ser bienvenida y por supuesto agradecida. Esencialmente si tenemos en cuenta la situación de déficit hídrico generalizado que, según parece, se nos avecina. Los más agoreros ( y por tanto, seguramente, los más acertados), pronostican un cambio climático para las próximas décadas, cuyas consecuencias en nuestra zona mediterránea serán poco menos que catastróficas. Para ello se basan en sesudos estudios que han hecho desde la época de los dinosaurios, así como de la corriente del Miño o del Niño, y parece ser que cada vez que se calienta la atmósfera, aquí nos toca padecer una sed inaguantable. En cualquier caso, lo primero que tendríamos que hacer es recopilar exhaustivamente y divulgar al máximo los conocimientos sobre nuestro medio natural, en lo que se ha dado en llamar ciencias del medio físico o ciencias de la Tierra. En nuestra zona, siempre se ha dado el conocimiento espontáneo de lo que ahora también se llama medio ambiente ( ya puestos, se podría llamar "ambiente entero", para no dejar las cosas tan a medias). Históricamente, las culturas que nos han precedido han sido exquisitamente sabias en el estudio y manejo del agua, de sus fuentes y de sus variados empleos. En la actualidad, disponemos de nociones y medios técnicos de sobra como para entender, y en el espacio concreto de una localidad o de un municipio, cuáles son las reservas de agua de que disponemos, su distribución en un mapa geológico detallado, los volúmenes aprovechables, la capacidad de captación y recarga, así como la calidad y grado de contaminación de los recursos acuíferos utilizables. Es decir, que fueran los propios Ayuntamientos los primeros llamados a cuidar y a gestionar estos recursos, para lo cual habrían de disponer de una información de la que actualmente carecen, fragmentada y dispersa como está entre diversos organismos que raramente se ponen de acuerdo entre ellos. Por razones obvias, el futuro del abastecimiento hídrico se supone está en la explotación de las reservas del subsuelo. Se está descartando la construcción de grandes obras hidráulicas, por su tremendo impacto en todos los sentidos y por la enorme pérdida que supone una cada vez más intensa evaporación, aparte de otros factores, como colmatación, salinización y demás circunstancias que afectan negativamente a nuestros embalses. Si esta tendencia es la equivocada o no, el tiempo lo dirá. Resulta muy tentador, no obstante, pensar que el actual déficit de nuestras grandes cuencas, se resolvería con la construcción de unos cuantos de estos grandes pantanos. A algunos les gusta pensar en tuberías de fin de milenio, como si la gente de otros sitios estuviera dispuesta a dar lo que es suyo por la bella cara, tal y como se ha puesto de manifiesto con el reciente follón que se ha liado a propósito del Plan Hidrológico Nacional. Llevarán razón en casos extremos, pero lo mejor siempre es apañarse con lo que se tiene, administrarlo bien, y no tener que estar dependiendo, por definición, de la "voluntad" de los demás. Volviendo al ámbito local, nos encontramos con que nuestra comarca es privilegiada en estos asuntos del agua. Relativamente, porque en cuanto a cantidad no hay duda, pero es que nuestro clima, tan estacionario, es que se las trae. De un año a otro, de una vertiente a otra, las diferencias son tan abismales que llegan a dar vértigo, y el resultado siempre da pérdidas en cultivos, pastos, y calidad de la vegetación, sometida a situaciones de estrés terminal, salvada a veces por la campana, como ocurrió por ejemplo en el año agrícola 98-99. Ronda se ve favorecida por ese magnífico convector de borrascas y temporales que forman sus serranías, donde se dan las mayores precipitaciones de la Península. En cantidad, claro, porque como hemos dicho, todas las aguas caen de golpe, cuando y como quieren. En el caso de la meseta de Ronda, al encontrarse a sotavento de las influencias atlánticas, la cantidad de lluvia recogida desciende significativamente. El otro día, en pleno temporal, sin señal de televisión, alguien osó discutirme si llueve más en Villaluenga o en Grazalema, lo cual ya es discutir, e incluso que 1999 fue un año muy húmedo. Sería en los humedales siberianos, porque lo que fue por aquí cerca faltó poco ese año para ver a las ranas con cantimploras. Hasta Hacienda rebajó los módulos. En realidad fue el segundo año agrícola más seco del siglo, con 798 mm. Lo que pasa es que al final se envereó, y sólo en octubre cayeron 536 mm, de golpe, con lo que acabó el año natural, que no el agrícola, con 1.334 mm. Nada si se compara con cuando se recogían 4.443 litros por metro cuadrado, en un añito como el 63, siempre hablando de Grazalema. En resumidas cuentas, la pregunta es sencilla ¿estamos preparados para el cambio climático? Los sabios eruditos, políticos, funcionarios, técnicos y demás responsables, tienen la respuesta. Nosotros, mientras tanto, a pasar sed o a ahogarnos, según toque. |
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