NI CALVO NI CON TRES PELUCAS © Alfonso López Domínguez
Como dice mi hermano Ángel en su anterior artículo, son muchos los que hacen gracias por no caer en desgracia. Con el debido respeto a los alopécicos del mundo, vemos como el amigo Manolo se mosquea y corre a esconderse detrás del evidente y frondoso vello púbico de la portada de su revista para contarnos lo que es un bufé y cosas así. En vena graciosa, saca en pornográfica pose a unas supuestas Tres Gracias y a sus recias pelambreras. Desafortunada, machista y hortera imagen, máxime en las fechas en que conmemoramos el Día Internacional de la Mujer.
Nuestro querido amigo del sofisma, sigue ignorando que existe el voto por correo y confunde una tertulia televisiva con una charla de bar. Cuando se da cuenta de que al intentar descalificar públicamente a una persona, lo hace también respecto a un comportamiento legítimo seguido por millones de ciudadanos, da marcha atrás y ahora nos aburre con piruetas capciosas. Para su información, en las charlas que dimos durante la Semana de Andalucía, quedaron claras tanto la necesidad de reforma de nuestro Estatuto como de participación masiva de la ciudadanía en este proyecto. Por lo tanto, se puede ahorrar sus insidiosas preguntas. Pero, dejemos ya, con sus fijaciones pilosas y su repentina afición por el porno retro, a este político en stand by, buceador en conversaciones ajenas, y víctima del síndrome de Diógenes, que diría el insigne profesor Castro Salanova.
Cambiando de tema, el meteoro estrella de la semana pasada, por una vez, no fue el alcalde, ni el ciudadano Smith, sino la nieve. La última nevada de parecida entidad ocurrió en diciembre de 1998, pero prácticamente todos los años se repite el espectáculo. El domingo al mediodía, mientras los agentes intentaban dar salida o alojo en las Conejeras a la caravana monstruosa que subía de la costa, una multitud enardecida echaba pie al slush, esa masa chapoteante, a veces viscosa y siempre marrón, mezcla de agua, nieve y barro que aparece en las imágenes de los refugiados en las películas de Spielberg, con los chiquillos llorando, madres empujando los carritos de bebé con fango hasta media rueda, padres de rostros desencajados, niños y adolescentes con todo tipo de artilugios para chorrearse o deslizarse en la inexistente nieve...
donde quedaba una poca, más caos, más bolazos, más gritos, más salpicaduras de barro de coches no preparados para embarrarse tanto.
Una cadena cerrando el paso, un buen hombre de uniforme, a punto de jubilarse y a punto de palmarla de tanta irritación. Cientos de seres deambulando, otros allanando, e incluso insultando y amenazando en terrenos privados. Es posible que todo esto sea incompatible con los usos y manejos adecuados de un Parque Natural.