MÁS RAZÓN QUE UN SANTO
©Alfonso López Domínguez
Puede que al común de los mortales no les importe mucho el maremágnum de intereses que conforman y se entrecruzan por los caminos de la política. Con abstenerse en las próximas tienen bastante. Puede que los sexenios de silencio de algunos, o la cháchara ininterrumpida de otros, les produzcan igual mezcla de hastío que de dolor de cabeza.
Por cierto, quiero hacer llegar mi preocupación por el episodio médico que sufrió el señor alcalde la semana pasada. Al parecer, taquicardia y subida de tensión que obligaron a su urgente observación. No es cosa de bromear con estos asuntos, y tal como le expresé personalmente, creo que una cosa es la política y otra muy distinta somos las personas. Debe cuidarse y dejar de alimentar esos profundos afanes de venganza que tanto le atormentan. En serio, quizás debiera pensar en dimitir, por el bien de todos. Ya lo hizo una vez. Por más o por menos dimitió Juan Benítez. Ya tiene lo que tanto ansió, la alcaldía. Ya ha poblado Ronda de adornos y estatuas que harán perdurar su recuerdo en la mente de todos.
Por otra parte, no le van a ser fáciles estos meses que se avecinan, hasta mayo de 2007. Cada vez será más insoportable la presión y no cuenta con equipo ni aliados para afrontar lo que se le viene encima. Su tripartito es lo más parecido al gallinero que él mismo sugirió cuando dimitió la otra vez. ¿Cree que va a conseguir sus próximos votos a costa del PP o de los restos del GIL? Se lo digo con absoluta sinceridad, si el precio del poder es forzar hasta ese extremo la máquina, no merece la pena seguir.
En fin, dejemos el tema, antes de que produzca más alopecia de la cuenta. Agrada más a nuestras percepciones más cercanas el lenguaje llano y humilde de personas como Pedro, trabajador incansable, sobrio y modesto. Lleva razón. El tráfico en Ronda es un caos grotesco y peligroso. Foquitos de la avenida de Málaga, calle oscura, que alumbran palmas y deslumbran conductores al pie de los pasos de cebra. Isletas del cruce de la clínica, tajitos incluídos, estorbos para no ver al que viene cuando los semáforos están en ámbar. Por contra, la actual delegada habla de "barriada" para referirse a la Ciudad, y no aclara qué pasará con todos esos niños (y niñas) yendo y viniendo a patita fuera del horario establecido. La cosa tiene música... de conservatorio.
Y seguimos sin biblioteca que merezca ese nombre. Menos mal que mi buen amigo e inefable profesor Castro se apresta a marchar para Rumanía, en pos de académicas sensaciones de la mano de Johann Amos Comenius. Gallinas, capones y ánades rumanos están siendo pasto de la gripe aviar. Yo en su lugar pagaría mis tributos locales antes de salir para allá, aprovechando la enésima amnistía herreriana. Por si acaso.