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ARUNDA | © Alfonso López |
Artículo aparecido
el día 16 de JUNIO de 2001 en las páginas
de opinión de la publicación
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CUESTIÓN
DE HUMANIDAD
©Alfonso López
A
estas alturas de la pre canícula o etapa de agudo calorcito que suponen
nuestros veranos mediterráneos, cuando la juventud educanda se esfuerza y
afana en las últimas oportunidades de sacar algo en claro de sus respectivos
cursos académicos, sigue larvado
el otrora candente y moliente asunto de los estudios de las llamadas
Humanidades. Fue áspero el debate suscitado hace algunos meses en el que se discutía
la conveniencia o no de establecer
planes oficiales de estudio, para el conjunto del Estado, de estas asignaturas
que tratan de los conocimientos de la sociedad sobre su propia Historia,
entorno geográfico, su composición antropológica y su comportamiento
colectivo a lo largo del devenir de los tiempos, desde que existe memoria
comprobable de hechos y situaciones. Luego, todo quedó, como casi siempre, en
agua de borrajas. El
obstáculo más patente y evidente surgió con el intento de algunos (casi
todos los implicados), de compartimentar estos estudios según la visión
particular de cada Comunidad más o menos histórica, pero sobre todo, autonómica.
Craso error. Tan importante es para un gallego el estudio del Califato de Córdoba
como para un andaluz el del Camino de Santiago, pues ambos han ejercido su
impronta tanto en una cultura como en la otra, que no serían lo que son sin
haber existido estas realidades anteriores. Es
un derecho de elección. Por poner un caso, ante el trance de saber que por
ejemplo las campanas de Santiago dicen que fueron llevadas a Córdoba a lomos
de las huestes vencidas por Almanzor, se puede elegir entre considerarlo algo
falto de todo interés o por el contrario valorar tales hechos o leyendas en
la trascendencia que tuvieron para aquella generación y cómo influyeron en
sus comportamientos, que, queramos o no, han afectado a maneras y pautas
posteriores, y puede que su peso, aunque muy relativo,
sea palpable hasta en nuestros propios días. Para ello habría que
leerse, entre otras, las Crónicas Silenses, claro. Ardua labor. Por
cierto, que del tal Almanzor, antes de perder el tambor, algunos dicen que era
un inmigrante de donde hoy vienen tantos (según otros, era oriundo de
Cortes), y que empezando desde lo más bajo (lo que ahora se llamaría un
trepa), llegó a escalar los más altos puestos de la administración y luego
del poder político y militar de aquel imperio cordobés.
Nada que no podamos ver en nuestros días, repetido hasta la saciedad y
el delirio. Respecto al trepa, claro, que no al inmigrante. Todo esto viene a colación del hecho aberrante que supone el que en una localidad cercana, y por ende perteneciente a nuestra Serranía, se proceda a la destrucción de una ciudad romana de incalculable valor arqueológico, la cual, por descuido y omisión, ha sido constantemente expoliada y aniquilada desde hace unos años. En otros tiempos, el desinterés por estos temas venía dado en igual medida tanto por una falta endémica de fondos como por el desgraciadamente generalizado desconocimiento de estas cuestiones. Pero hoy día, en que nuestros jóvenes letrados y universitarios forman pléyade, y en los que hay subvenciones para todo, parece imposible que una prueba patente y valiosísima de nuestro legado cultural sea abandonada pasto del desorden y la estulticia. Somos lo que somos porque unos señores que nos antecedieron fueron a su vez lo que fueron, y si destruimos o no aprendemos a comprender los legados de nuestra herencia colectiva, pasaremos a la Historia como una de las generaciones más tontas y aleladas que hayan podido conocerse. Si es que alguien guarda memoria de nosotros. Pero
es que además, en este reparto de economías que nos toca padecer, a nosotros
nos cumple el papel de anfitriones de turistas, y cuantas más cosas tengamos
que enseñar, mejor nos irá. Cuando corten la subvenciones y ayudas a la
agricultura y ganadería, quizá nos toque el cometido de cicerones o
conserjes de museos arqueológicos, encontrándonos entonces con que tampoco
tendremos nada que mostrar, porque las cosas de valor histórico han sido
usurpadas o destruidas. Otra
cosa es conciliar este derecho colectivo con el derecho de los dueños de las
fincas a la justa compensación por el lucro cesante que supone encontrarse
con semejante regalito dentro de sus predios. Y ya tenemos otra vez a la
pescadilla mordiéndose la cola.
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