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ARUNDA | © Alfonso López |
Artículo aparecido
el día 10 de marzo de 2001 en la página
de opinión PUNTO
DE VISTA de la publicación
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DIA
DEL POBRECITO PADRE ESPAÑOL ©
Alfonso López
Resulta que tenemos días para casi todo, de tal forma que tenemos el día de la madre, el día de los enamorados, el día del niño, el día de la mujer trabajadora, y como no podía ser menos, el día del padre español, que acaba de celebrarse con motivo de la festividad de San José. Como tampoco podía ser menos, este día, que ya ni siquiera aparece en rojo en nuestros calendarios autonómicos, ha pasado absolutamente inadvertido, pues por una parte, la buena marcha actual de la demanda hace innecesario el empleo de campañas publicitarias especiales para favorecer el consumo de regalitos y otros productos de primor que ya se venden solos. Pero, por otra parte, y es a lo que vamos, puede que se esté generalizando un sentimiento de apatía afectiva hacia esa figura tan específica y entrañable que por lo menos hasta hace algún tiempo fue la del padre de familia. Figura que en todas las culturas que nos han precedido ha constituido un pilar fundamental de la sociedad, bien es cierto que adornada de ciertas prerrogativas que en su momento parecerían necesarias, pero que el devenir de los tiempos han vaciado de justificación y contenido. Debido a la inevitable ley del péndulo, de una potestad cuasi omnímoda en el seno de la familia hemos pasado a considerar a este colectivo (honradas sean las excepciones) algo así como se considera a los zánganos de una colmena, elementos necesarios e incluso útiles durante algún tiempo y para ciertas cosas, pero perfectamente contingentes y desechables una vez realizadas las funciones para las que al parecer están destinados y para las que han sido posiblemente creados. En resumen, que la discriminación activa que antes padecía la mujer, ha pasado a endosarse, también por pasiva, a los honrados y esforzados progenitores varones, que ven reducido su papel en muchos casos a la categoría de pasmado pasmarote al cual se le permite convivir en casa con el resto de la familia, siempre que no incordie demasiado por lo menos. Si a esto añadimos el hecho abrumador, incontestable, de la coexistencia en el seno de nuestra sociedad del colectivo formado por cientos de miles de padres separados, de los cuales ya ni hablo, debido al papel de cajeros automáticos con patas a que se ven tantas veces sometidos, nos encontramos con una realidad que merecería al menos una reflexión, ya que no merece el más mínimo respeto ni atención por parte de los poderes públicos. Por tanto, igual que se dictan leyes para la protección de casi todo (véase la reciente y encomiable en defensa de los delincuentes juveniles), podría entonces dictarse otra adjudicando la naturaleza de especie protegida a este sufrido y paterno colectivo, incluso reduciéndolo a la categoría de otras tantas especies, tales como el buitre leonado o la salamandra burriciega, por poner sólo algunos ejemplos, a título meramente descriptivo, que nunca comparativo, pues sabido es el aprecio que estos animalitos despiertan en las preclaras mentes de quienes rigen los destinos de la sociedad. En estos últimos tiempos se ha vaciado de contenido nominalmente en nuestros códigos legales la institución de la patria potestad, entendida por supuesto con el necesario sentido extensivo a la potestad de ambos padres, dejando en manos de la Naturaleza lo que evidentemente es un instituto de Derecho Natural, con lo que volvemos al origen de las especies de Darwin, a la tribu amazónica o a los aborígenes de Namibia. El resultado indudable es que nuestros jóvenes, cada vez más desprovistos de la indispensable tutela paterna, se están criando en un caldo de cultivo formado por la falta de referentes válidos, por la carencia de sentido de respeto y responsabilidad, por la ausencia de valores tales como la asunción de obligaciones, de espíritu de previsión y de compromiso efectivo con la sociedad de la que forman parte. No merecen ésto nuestros jóvenes, a los cuales en alguna ocasión se reduce a la categoría de memos o incapaces incluso a tan tempranas edades como los veintiocho o treinta años, cargas insostenibles para sus familias, espectros espectantes que deambulan por la vida cuando en realidad ya tienen edades para a su vez construir sus propias familias y constituirse en firmes eslabones de la cadena que todos formamos. Nos preocupamos mucho de si llegaremos a cobrar nuestras pensiones, en uno de los países con menor índice de natalidad del mundo, pero no de darles las necesarias oportunidades a esta gente nueva que tampoco parece muy dispuesta a reclamarlas, tan cómodo como es vivir costa de los demás mediante la Cuentitis Aguda Prorrogada. Al final de toda esta movida, como causa y efecto insoslayables, se encuentra la figura del probo, esforzado, a veces denostado, casi siempre ignorado, padre de familia, cuya festividad conmemoramos los días 19 de marzo de cada año. Antiguamente se nos decía: "cuando seas padre, comerás huevos". Ahora, más vale no hablar, para no incurrir en grosería. Menos mal que los más pequeños nos hacen dibujitos y monaditas que luego nos enseñan y luego se las quedan, porque lo que son los mayores, en tantos casos, no dan más que disgustos y más disgustos, solos o con cómplices necesarios e interesados. Para que no sigamos pagando justos por pecadores, para que se nos reconozca nuestro efectivo papel en la vida ¡vivan los pobres padres españoles actuales, y vivan las madres que nos parieron! |
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