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ARUNDA | © Alfonso López |
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| Definición 800 x 600 |
| UN POCO TARDE
Nos encontramos en estos días con nuevas y contradictorias noticias sobre diversas movilizaciones ciudadanas ante la insostenible situación de insalubridad y asquerosos hedores que provienen del fondo del tajo. Sobre la conveniencia y oportunidad de estas protestas ya hay personas más doctas y preparadas que habrán de pronunciarse en un plazo más que perentorio. Desde hace unos cinco años en que comencé a colaborar con el diario homónimo de este periódico semanal, he conocido y asistido a innúmeras expresiones de indignación y queja ante una situación que perdura desde hace nada menos que 17 años. Ha sido una larga historia, salpicada incluso de denuncias y gestos espectaculares. Una larga historia para no olvidar. En esta ocasión, lo que quizás llame más la atención es el hecho de que algunos e los mismos que durante tantos años calentaron los sillones del gobierno municipal (entre los mismos hedores), ahora se aprestan a enarbolar las banderas de la reivindicación y la indignación ciudadanas, cual esforzados adalides y defensores acérrimos, fieros campeones de la dignidad ciudadana. Un poco tarde, la verdad. Pero quiero aprovechar esta oportunidad editorial para referirme a otra plaga de las que padecemos en estas calendas veraniegas. Llegadas estas fechas, volvemos a encontrarnos con el ya endémico problema de los fuegos en las fincas, lo cual desgraciadamente constituye uno de los signos distintivos de la tan en boga pseudocultura del desprecio a lo ajeno y de la falta absoluta de escrúpulos, de inteligencia, o de ambas cosas a la vez. Todos los veranos hay que volver a soportar esta plaga que daña o destruye lo ajeno, incluyendo en este concepto lo que es común o de todos. Hay quien argumenta que toda esa inmensa cantidad de recursos humanos y materiales, que toda esa ingente pila de miles de millones que se destinan anualmente a la prevención y defensa contra incendios, no son al final más que una forma más de prestación de servicios públicos, que al fin y al cabo, mantiene operativos unos recursos tecnológicos privados o públicos y que genera a su vez muchos jornales y salarios entre el personal que se dedica a estas labores. Falacia absurda que no entiende cómo nuestra Comunidad, desprovista de fondos y dineros para tantas cosas necesarias, tiene que detraer estas enormes sumas para intentar evitar que el daño sea aún mayor. Hay quien habla también de nuestra cultura mediterránea, amante y adoradora del fuego, que ha utilizado este elemento de forma tradicional para labores tanto agrícolas como de orden meramente lúdico o festivo. Cuánta pamplina y cuánta idiotez. El fuego es el enemigo público número uno de nuestros campos y nuestros montes, cuando cae en manos de negligentes, de psicópatas o de criminales, sin que exista más explicación de lo que anualmente ocurre que una insana, torpe y repugnante actitud de aquellos individuos que desprecian absolutamente el valor de la vida, enemigos de la convivencia, necios sin principios y sin vergüenza alguna. Cuando se pone en marcha un operativo de extinción, que piensen los causantes del incendio (si es que piensan), que por mucho cuidado que se ponga, por mucha preparación que tengan los que tienen que ir a apagarlo, siempre hay un riesgo cierto y ostensible que desgraciadamente, en ocasiones, acaba con la vida de alguna persona, de algún padre o madre de familia cuyo único delito ha consistido en la necesidad de trabajar para alimentarse y llevar una vida digna y honrada. En cualquier caso, estos trabajadores siempre arriesgan su integridad física luchando contra el fuego que otros han provocado. Luego está el daño económico, evidente, inmenso, irrecuperable. Quién puede pensar a estas alturas que el monte, el medio físico (no digamos ya los cultivos o las viviendas), no constituyen nuestra principal, por no decir casi única y verdadera riqueza natural. Por poner un solo ejemplo, el precio alcanzado por el corcho en la última subasta efectuada por el Ayuntamiento de Ronda. Otro ejemplo, el turismo rural, de ocio o de naturaleza, está adquiriendo un incremento y potenciando unas inversiones totalmente incompatibles con cualquier situación de inseguridad o amenaza. Lo peor de todo es que los negligentes y descuidados, los criminales por interés o venganza, los psicópatas que cada verano inician el interminable carrusel de daño y miseria que asola nuestros campos y montes, a menudo actúan con la ventaja del ocultamiento o la nocturnidad, lo cual hace harto difícil descubrirlos o probar sus fechorías. Cuánta provocación, impunidad, cinismo y cuánto abuso. Cuánto daño absurdo y culpable. |
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